
Artículo escrito por Juan Sabido.- El Guadiana ya no es solo un río; es memoria, es esfuerzo acumulado durante generaciones, es el pulso lento de una tierra que ha aprendido a convivir con el agua sin someterla ni traicionarla, un equilibrio antiguo que hoy se resquebraja bajo el peso de decisiones administrativas que parecen haber olvidado de dónde viene todo. Porque los ríos no han sido nunca simples accidentes geográficos: han sido el origen mismo de las civilizaciones, el eje en torno al cual se asentaron pueblos, se cultivaron tierras y se construyó identidad. Allí donde hubo agua, hubo vida, y allí donde esa relación se rompe o se abandona, surge el riesgo cierto de la despoblación, del silencio de los campos y del olvido de quienes los habitaron.
Y conviene no olvidarlo nunca, porque como decía Antonio Machado, la verdad es la que es, y sigue siéndolo aunque se mire del revés o se intente interpretar de otra manera; la realidad no cambia por cómo se dibuje en un plano ni por quién la defienda, sino por lo que realmente es.
Porque hubo un tiempo en que el río significaba futuro. El Plan Badajoz no solo transformó el paisaje, sino que ordenó la vida entera de la cuenca: se diseñaron canales, se trazaron desagües que devolvían el agua al propio río, se concedieron tomas directas de riego que hicieron posible la agricultura moderna en estas tierras y se consolidó un territorio estable, reconocido, medido y delimitado en escrituras, catastros y registros que aún hoy siguen vigentes.
Nada de lo que hoy existe es improvisado ni reciente. Los canales, las acequias y los desagües que desembocan en el Guadiana forman parte de un diseño hidráulico completo que entendía el río como eje vertebrador. Fue esa intervención pública la que fijó las lindes de las explotaciones agrícolas y consolidó una relación clara entre el agua y la tierra que no puede reinterpretarse ahora como si el río hubiera permanecido intacto en su estado natural, porque no es así: fue transformado, regulado y ordenado por el propio Estado.
Sin embargo, hoy se intenta reescribir esa realidad. Se invoca la Ley de Aguas, se habla de crecidas ordinarias y se trazan nuevas líneas sobre planos imprecisos, como si el río por sí mismo hubiera decidido ensanchar su dominio. Pero quienes viven junto a él saben que eso no es cierto. El Guadiana es un río profundamente intervenido, regulado por embalses y condicionado por compuertas, sometido a decisiones técnicas que rara vez se explican con claridad.
Y ahí aparece la contradicción de fondo: si el río está intervenido y regulado, sus márgenes deberían ser más estables, no más inciertas. Sin embargo, lo que se observa es un cauce cada vez más desbordado, alterado y forzado a comportarse de forma anómala. El problema no está en el río, sino en su gestión… o en su abandono.
Porque el abandono es evidente. Se percibe en cada tramo del cauce: vegetación descontrolada, árboles caídos, sedimentos acumulados durante años y obstáculos que nadie retira. Todo ello convierte el río en un sistema incapaz de evacuar el agua como debería. Y cuando llegan las sueltas de los embalses —decididas con criterios que no siempre se explican— el agua se expande, invade, arrastra y deja tras de sí una huella que después se interpreta como un cambio “natural” del cauce, cuando en realidad responde a una gestión deficiente.
En este contexto se ha iniciado ya un procedimiento de deslinde en el término de Don Benito, una actuación que no puede entenderse como un hecho aislado, sino como el inicio de un proceso que podría extenderse a toda la cuenca del Guadiana, con efectos directos sobre explotaciones agrícolas, infraestructuras y terrenos consolidados durante décadas.
Ante esta situación, no puede ser solo el mundo agrario quien soporte las consecuencias. Deben intervenir de forma clara todas las administraciones con competencias: la Junta de Extremadura, los ayuntamientos afectados, las comunidades de regantes y el resto de organismos vinculados a la planificación territorial y la gestión del agua, porque lo que está en juego no es un expediente técnico, sino el modelo de relación entre el río, la tierra y quienes la trabajan.
Y surge una pregunta inevitable: si todo lo que alcanza el agua en estas crecidas inducidas pasa a ser dominio público hidráulico, ¿también lo son los pueblos evacuados o las carreteras destruidas por las inundaciones? Porque esas infraestructuras se construyeron en un territorio ordenado y con el río regulado, y su afección no responde a un comportamiento natural del cauce, sino a una dinámica alterada.
Mientras tanto, el dinero público sigue destinándose a actuaciones que no resuelven el problema de fondo. Un ejemplo es el del camalote, donde las inversiones para su control no han evitado que, tras cada episodio de crecidas o desembalses, vuelva a aparecer en las riberas, con el consiguiente impacto ambiental y económico. No es falta de recursos, sino de enfoque.
Durante años, el campo ha guardado silencio. Agricultores y ganaderos han visto cómo sus tierras, las más fértiles —formadas por el propio Guadiana a lo largo de siglos— empezaban a cuestionarse, a reinterpretarse, a ponerse en duda. Un silencio que recordaba demasiado al de los corderos camino del matadero. Pero ese silencio se ha roto.
Porque no es solo tierra lo que está en juego. Es un legado. Es la memoria de quienes llegaron con el Plan Badajoz y levantaron una vida donde antes no la había, es el trabajo de generaciones que hicieron del agua y la tierra un sistema productivo, y es la certeza de que las lindes existen, están escritas y reconocidas, y no pueden borrarse por reinterpretaciones posteriores del comportamiento del río.
La Confederación Hidrográfica del Guadiana no puede seguir amparándose en procedimientos opacos ni en criterios que no se explican con claridad. No puede trasladar a los agricultores las consecuencias de una gestión deficiente del cauce ni ignorar la realidad de un territorio que ha sido construido y ordenado durante décadas.
Y esta vez no habrá resignación. Habrá exigencia de transparencia, de mantenimiento y de responsabilidad. Pero también habrá defensa de lo esencial: la justicia del campo, la dignidad del trabajo y la memoria de la tierra.
Porque, como se ha dicho siempre en estas tierras, “el que siembra, recoge”, y aquí se ha sembrado vida, esfuerzo y futuro. Y esa raíz no se arranca fácilmente.
Me gustaría trasladar al presidente de la Confederación, Don Samuel Moraleda, el consejo de que escuche a quienes mejor han entendido el mundo rural: Luis Chamizo Trigueros, que dignificó el habla y la vida del campo como identidad viva, y Miguel Delibes, que retrató como pocos el valor del mundo rural y su abandono progresivo, advirtiendo de que cuando se deja de cuidar la tierra y el río no solo se pierde el paisaje, sino también la justicia que lo sostiene.
Porque el campo no pide privilegios, pide equilibrio. Y la historia demuestra que los ríos, cuando se respetan y se cuidan, vuelven siempre a su cauce.
Y así, entre la memoria del Plan Badajoz, el trabajo de generaciones y los latidos del Guadiana —ese mismo río que los romanos llamaron flumen Anae, origen del antiguo nombre Anas—, queda una certeza: la tierra, cuando se cuida, siempre acaba devolviendo la esperanza.
Juan Sabido
Hijo y nieto de Agricultores
